Marat's Science

SPANISH REVIEWS OF HISTORIA POPULAR
DE LA CIENCIA
, THE CUBAN EDITION OF
A PEOPLE’S HISTORY OF SCIENCE

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Sobre el elitismo racial en la ciencia

 

Por Luis Pérez Tamayo / redaccion@ahora.cu / Jueves, 09 de Junio de 2011

 

Todos conocemos que, hoy por hoy, los adelantos científicos son, de manera general, privativos de un grupo de países que constituyen una especie de “élite” mundial. Claro está que ello no puede tomarse como demostración de que la inteligencia de sus poblaciones sea superior.

 

En todas las épocas, sin embargo, ciertos “estudiosos” del tema han deslizado la idea de una cierta preponderancia racial o de castas en cuanto a la capacidad de pensar y obtener conocimientos.

 

El historiador de la ciencia Clifford Conner aborda esta cuestión en su libro “Historia Popular de la Ciencia”, editado recientemente por la Editorial Científico Técnica.

 

Dedica a ella principalmente un capítulo referido a lo que se conoce como “el milagro griego”, una idea preconizadora de que la ciencia, la filosofía, las matemáticas, la medicina, la política, la teología, etc, fueron creación exclusiva de la Grecia Antigua, sin la ayuda o participación de otros pueblos o civilizaciones.

 

El profesor Conner refuta dicha afirmación. Como él mismo explica, en la actualidad son cada vez más numerosos los estudiosos que conciben una relación de antecedencia muy estrecha entre los aportes griegos y ciertos logros obtenidos por las civilizaciones egipcia y mesopotámica. También está claro que no deben obviarse influencias de las antiguas culturas de China y la India.

 

Un hecho interesante es el de que muchos consideran a los griegos como arios, pues eran de piel blanca y su idioma correspondía a la “exclusiva” familia indoeuropea.

 

Refiere que, para el historiador de la ciencia Martin Bernal, la cultura griega tiene antecedentes afroasiáticos evidentes. Otros historiadores afirman que la matemática y la astronomía fueron creadas por los escribas sacerdotales de Mesopotamia y Egipto. Quizá el primer documento científico conocido sea un tratado de cirugía del Antiguo Egipto.

 

Durante muchos años se ha diseminado la idea sobre la supremacía de la inteligencia blanca, atribuyéndosele incluso el mérito de haber determinado decisivamente el desarrollo de la civilización.

 

Entre sus fatales consecuencias se encuentra la ideología nazi, el apartheid africano y la aún latente segregación racial en los EE.UU.

 

En su libro, Conner trata de demostrar, y resulta convincente, el hecho de que aun los propios griegos atribuían a muchos de sus logros y conocimientos un antecedente en culturas lejanas geográfica y temporalmente. Heródoto e Isócrates fueron muy claros al respecto. El primero atribuyó a Egipto los orígenes de su tradición religiosa y el de la geometría. El segundo dice lo mismo respecto a la filosofía, importada según él, por el propio Pitágoras. El mismísimo “creador de la ciencia”, Tales de Mileto, bebió de las fuentes del saber egipcio, babilónico y fenicio.

 

Sin embargo, en el siglo XIX, desde la universidad alemana de Gotinga se propagó por toda Europa la idea de que la historia de la ciencia debía abordarse sobre bases raciales. Por ese camino se llegó a una clasificación humillante de las razas. En ese entonces se creó la doctrina del “milagro griego”.

 

Pero, por mucho que trataron de esconderse las grandes realizaciones de las antiguas culturas africanas e indoamericanas, la vida demostró la falacia de tales concepciones.

 

En Alemania llegó a inventarse una “física aria” en contraposición con la “física judía”, que no era más que la teoría de la relatividad de Albert Einstein.

 

Sus propagadores, Lenard y Stark, ambos por cierto ganadores del Nobel de Física, terminaron haciendo el ridículo y castigados por sus acciones favorables a los nazis.

 

En tiempos como hoy, donde aumenta la admiración ante los logros de los gigantes asiáticos Japón y China y surgen poderosas naciones como Brasil, Sudáfrica y la India, el elitismo racial en la ciencia ha sido desmentido y ha caído en un gran descrédito.

 

 

 

El mundo de la vida

“Un blog sobre historia, filosofía y sociedad,” authored by Jorge Karel Leyva (e-mail: jokaler@gmail.com)

ABOUT THE AUTHOR: Licenciado en Estudios socioculturales por la Universidad de La Habana y en Teología por el Instituto Superior de Estudios Bíblicos y Teológicos de Cuba, Jorge Karel Leyva ha publicado artículos sobre filosofía de la ciencia, epistemología compleja y religión en revistas internacionales de filosofía, así como sobre variadas temáticas culturales en publicaciones nacionales.

ANALFABETOS, ESCLAVOS Y OBREROS: ¿PRODUCTORES DE CONOCIMIENTO CIENTIFICO?

[A review of Historia Popular de la Ciencia]

I Parte, Septiembre 16, 2011

En la historia, solía decir el filósofo de la ciencia austriaco Karl Popper, los hechos de que disponemos han sido reunidos de acuerdo con un punto de vista preconcebido; las fuentes sólo registran sucesos lo bastante interesantes para ser asentados. Si le damos la razón a Popper habrá que aceptar las dificultades que entraña no sólo la investigación histórica para un autor comprometido con una perspectiva poco o nada ortodoxa, sino la recepción de su obra en el mercado de las ideas.

Pienso ahora en libros como la Historia de la sexualidad o Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, ambos del teórico francés Michel Foucault, pero también en obras que, sin ser netamente históricas, juzgan de modo crítico las placenteras versiones canónicas de nuestra época. Este es el caso de las agudas críticas de Ivan Illich al sistema de salud moderno en su Némesis médica o a la educación escolar, en La sociedad desescolarizada; y de las de Paul Feyerabend a las concepciones tradicionales sobre la metodología científica, en su Tratado contra el método.

Mi opinión es que, tal vez marcados por la época que nos ha tocado vivir, tenemos la dicha de ser testigos de una notable proliferación de obras que sacan a luz datos insospechados; que entretejen la historia con hilos diferentes a los empleados por nuestros maestros para trenzar las fabulosas narraciones épicas que nos enseñaron en la escuela. Y si de ciencia se trata, tal vez pueda decirse en términos de Thomas Kuhn, que cada vez son más frecuentes las tesis revolucionarias que desafían los paradigmas más firmes.

Es a una de estas tesis a la que quiero referirme aquí: la expuesta por el historiador de la ciencia norteamericano Clifford D. Conner en su Historia Popular de la Ciencia. Mineros, comadronas y mecánicos, publicada por la editorial científico-técnica, y que desmonta gradualmente el mito según el cual la ciencia ha sido construida exclusivamente sobre las hazañas de sus grandes héroes.

El objetivo fundamental de Conner es “demostrar la gran contribución a la producción y difusión del conocimiento científico de masas anónimas” compuestas por personas humildes; intención que bien podría poner los pelos de punta a los elitistas académicos como Mario Bunge y que se aclara en la medida en que nos acercamos al concepto operativo de ciencia que propone Conner. Para este autor, “la ciencia es el conocimiento de la naturaleza y las actividades asociadas a la producción del conocimiento”.

Si esto es así, si la ciencia es básicamente conocimiento de la naturaleza, no debería asombrarnos que fueran quienes han estado más cerca de ella los que estuviesen en sus orígenes: curanderos, marinos, campesinos, herreros, cazadores, y otros tantos, que han debido indagar en los secretos de la madre natura para garantizar la subsidencia.

Ya contamos con una definición (a mi juicio ad hoc) de ciencia, pero todavía no queda claro qué entiende el doctor Conner por “pueblo”, después de todo estamos ante una historia “popular” de la ciencia. Puede parecer paradójico pero la cierta ambigüedad que deja ver en este punto es muestra del rigor metodológico que caracteriza la obra.

Para comenzar, las categorías ocupacionales parecen la mejor aproximación (trabajadores manuales, mercaderes), pero luego nos dice que “personas comunes” puede ser peyorativo, aunque “quizá no objetable”; que “clase obrera o proletariado” no son intrínsecamente términos sin valor, pero han sido abusados y asociados con la desacreditada ideología estalinista; que “clases trabajadoras” es un término inadecuado porque no incluye los elementos anteriores del siglo XVIII, y quedarían fuera los mercaderes, maestros artesanos, etc.; y, finalmente, que “clases dominadas o subordinadas” , aunque expresiones algo incómodas transmiten mejor las relaciones sociales que interesan para los objetivos de la investigación.

Del otro lado se encuentran los que no son el pueblo: la clase dominante, los privilegiados, la élite. Pues bien, pocos de los “tradicionales héroes de las ciencias” habían nacido dentro de la clase gobernante. Y aunque algunos eran aristócratas, como Robert Boyle o Tycho Brahe, la mayoría fueron adoptados por las altas esferas del poder como “servidores de alto rango”, como Newton o Galileo.

Otra de las distinciones a la que se le sigue la pista en el libro es a aquella que existe entre el trabajo intelectual y el manual. Tradicionalmente, quienes han dependido del trabajo con sus manos han recibido el menosprecio de los pocos que se las arreglaron para no ensuciarse las suyas. Ya en el año 1100 a. C, un padre de familia aconsejaba a su hijo que se dedicara a las letras, pues había observado como el metalúrgico tenía dedos como la piel del cocodrilo que apestaban más que los huevos de pescado, y descansaba tan poco como el carpintero o el labriego. Conner muestra que este tipo de opinión ha sido una constante a través de la historia (Jenofonte consideraba a las “artes mecánicas” como de mala reputación, los escolásticos despreciaban a la multitud y a los incultos, etc.).

Sin embargo, los protagonistas de esta historia popular son precisamente los seres anónimos, analfabetos e incluso comerciantes y trabajadores manuales que en algún momento se decidieron a escribir manuales y “libros secretos” en lenguaje popular. ¿No fue acaso un simple carpintero llamado John Harrison quien solucionó uno de los problemas más urgentes de su época, medir la longitud del mar? ¿Y no fue un comerciante, Anthony van Leeuwenhoek el pionero indiscutible de la prootozología y la bacteriología? ¿No era Leonardo de Pisa (Fibonacci) un mercader de vocación cuando logró el primer gran trabajo matemático del siglo XIII? ¿Y qué decir del “científico popular” Teofrasto Bombastus von Hohenheim, a quien conocemos por Paracelso, que se enfrentó con una fuerza difícilmente igualable a la élite de los científicos de su época con sus propuestas alarmantes acerca de métodos heterodoxos de curación?

II Parte, Septiembre 19, 2011

Hay factores comunes en lo que Conner ha denominado como pueblo: los sujetos de su historia generalmente ignoraban el latín, trabajaban con las manos, eran seres anónimos y carecían de poder económico. Todos formaron parte de un proceso de producción de conocimiento que, sobre todo a partir del siglo XVII, fue quedando cada vez más en manos de una élite restringida, hasta convertirse en el objeto exclusivo de los profesionales de la ciencia.

Muy ligada a la distintiva ideología de élite que se auto-coloca muy por encima del trabajo manual, se encuentra la noción de que la tecnología es una especie de ciencia aplicada precedida por investigación teórica. Sin embargo, lo que la historia popular de Conner muestra es precisamente lo contrario: aunque ciencia y tecnología están estrechamente ligadas, fue la segunda la que impulsó el desarrollo de la primera.

Todavía doscientos años atrás los procedimientos empíricos del tipo prueba y error lideraban el proceso de producción de conocimiento acerca de la naturaleza. Como señala Conner, “la ciencia progresó en los albores de la ciencia moderna […] a través del análisis de las invenciones e innovaciones realizadas por los trabajadores manuales, mucho de los cuales eran analfabetos. En la Revolución científica de los siglos XVI y XVII, los avances prácticos surgieron primero y fueron seguidos, después, por la teoría-usualmente a bastante distancia.”

Sería en el siglo XIX, con el surgimiento de la industria eléctrica que las esperanzas de avances tecnológicos se depositarían en la investigación teórica. Todavía en el siglo XX, encontramos que Wright, un mecánico de bicicletas, da un impulso considerable a la ciencia de la aerodinámica. Según Conner, fue a partir de la segunda guerra mundial y del proyecto Manhattan que se da el vuelco y la ciencia teórica lidera el camino de la investigación científica.

Un ejemplo a favor del modo en que se interconectan ciencia y tecnología lo constituye la historia de la navegación. Una primera apreciación pone de relieve que la navegación más que una ciencia en el sentido lato del término es algo más parecido a un arte. Sin embargo la tesis de Conner ilustra que su desarrollo histórico ha dependido de una apreciable masa de conocimientos sobre la naturaleza, esto es, sobre las mareas oceánicas, los vientos y corrientes permanentes, los fenómenos astronómicos, las características del campo magnético de la tierra, etc..

Los primeros navegantes, dice el historiador norteamericano, sentaron bases para la hidrografía y realizaron remarcables contribuciones a ciencias como la oceanografía, meteorología, cartografía, astronomía y geografía física. Los matemáticos que tanto aportaron a la práctica de la navegación dependieron inicialmente de los datos aportados por los marinos. De modo que postular la superioridad de los aportes de aquellos matemáticos sobre los marinos es ignorar a los “agrimensores, cartógrafos, fabricantes de instrumentos, navegantes y mecánicos, cuyas actividades constituyeron las fuentes más importantes, en los siglos XV y XVI, de la innovación en la matemática práctica”

A la vez que Conner muestra el modo en que, desde la antigüedad, los sujetos de su historia fueron aportando conocimiento sobre la naturaleza; a la vez que deja ver cómo el rumbo tomado por la ciencia moderna, es decir, su énfasis en la experimentación, había surgido en los talleres de oficios manuales mucho antes de ser tomado en cuenta por los héroes de las historias tradicionales, se esboza una crítica implícita a la manera errónea en que los científicos suelen presentar a sus predecesores con tal de engrandecerlos. Mientras más grandes sean los hombres de ciencia del pasado, mientras más épicas sus conquistas y desvelamientos de la madre natura, mayor estatura y prestigio añadirán a la propia labor que realizan los científicos del presente. Así, una especie de “visión de túnel” los conduce a presentar los éxitos del pasado, pasando por alto los errores, falsos comienzos, callejones sin salida y fracasos.

Para comprender la obra de Conner es necesario todavía establecer otra distinción. Una historia popular de la ciencia no es una historia social de la ciencia. La razón es que mientras la segunda se enfoca en la descripción del contexto social de los conocidos héroes de la ciencia, la primera enfatiza la naturaleza colectiva de la producción de conocimiento científico.

En este sentido, tal vez la tesis más osada de Conner sea presentar como usurpadores y ladrones de conocimiento producido en los talleres de oficio a algunos de esos mismos héroes que la historia glorifica. El conocimiento que los trabajadores manuales habían logrado adquirir a través de años de trabajo y aprendizaje y que constituía la base de sus ingresos, es decir sus “secretos de oficio”, comenzó a ser expuesto indolentemente por un grupo de caballeros que no se conformaron con acapararlo, sino que lo expusieron a la luz pública con sus magnánimas y prestigiosas firmas; no sólo lo robaron, sino que lo difundieron por todo el mundo. Hay que señalar que este no siempre fue el caso, pues se conocen casos en que los más hábiles promotores de un descubrimiento o remedio mencionaron entre sus fuentes a miserables, salvajes e indígenas.

No fue James Lind quién descubrió la cura para el escorbuto en el siglo XVIII, pues esta práctica era bien conocida por los indios hurones siglos antes; tampoco el médico inglés William Withering  descubrió la droga cardiaca conocida como digitalis, pues fue un curandero quien lo llevó a dirigir su atención hacia la dedalera; ni Edward Jenner inventó la vacuna contra la viruela, pues los curanderos de Asia y África habían empleado este procedimiento con siglos de anterioridad (además, dos décadas antes que Jener inyectara a alguien, el campesino Benjamín Jesty había empleado este procedimiento al inocular, con éxito, el fluido de las vacas a su esposa e hijos).

Parte III, Octubre 5, 2011

Johan Gutenberg no inventó los tipos móviles; lo hizo un “plebeyo oscuro” chino llamado Pi Shêng, del mismo modo que sus coterráneos habían descubierto la circulación sanguínea antes de William Harvey, la primera ley del movimiento antes que Newton, y el principio de la brújula magnética antes de que se empleara por primera vez en Europa. Tampoco fue Hipócrates el padre de la medicina, pues más de un siglo antes de su nacimiento existía la escuela de Cos y lo que luego fue llamado “corpus hipocrático”. Ni siquiera se debe al médico griego la creación del “juramento hipocrático”, pues antes de él había sido redactado por un seguidor de la secta de los pitagoreanos.

El libro de Conner aduce ejemplos donde los miembros de alguna élite intelectual han puesto frenos al desarrollo de nuevo conocimiento o que sencillamente niegan hechos establecidos por estar en contradicción con sus opiniones. En el primer caso encontramos la resistencia que pusieron los defensores del uso del ábaco, entre los siglos XI y XV, a la introducción del algoritmo, llegando incluso a prohibir, sin éxito, los números arábigos; en el segundo caso vemos al viejo Galileo, negando la influencia de la luna en las mareas, al atribuir tal causa al movimiento de la tierra, con tal de defender la astronomía copernicana. Es curioso, en este ejemplo la tradición llevaba la razón.

Conner no pone reparos y recorre la historia escrutando en sus rincones para fundamentar su propuesta. Su investigación parte de la prehistoria y llega hasta el complejo científico industrial, pasando por las culturas griegas, china, islámica y europea; desde las ciencias de la navegación, la filosofía experimental, la revolución de la imprenta, la influencia de los brujos y las ancianas en la historia de la medicina hasta las concepciones de la naturaleza como un cuerpo femenino al que había que violar una y otra vez para develar sus secretos.

Sus sujetos son siempre los mismos: esclavos como Onesimus, que introduce en América la práctica de la inoculación para tratar la viruela; o castradores de cerdos como Jacob Nufer, que realiza en 1580 la primera cesárea registrada en la historia. Vemos tanto a los plantadores de arroz en Norteamérica importando esclavos africanos debido al conocimiento que éstos tenían sobre esa planta, como a los alquimistas taoístas descubriendo la pólvora durante una de sus prácticas cotidianas; o a los indios americanos realizando las primeras incursiones de lo que hoy se conoce como ingeniería genética y quienes, para colmo, fueron en la época postcolombina los portadores de la medicina más sofisticada del mundo. No quedan atrás los forrajeadores primitivos, cuyas habilidades para seguir las huellas de su presa han sido consideradas como el origen de la ciencia, pues empleaban el razonamiento hipotético-deductivo.

Las calles, el mercado y los talleres de artesanos parecerían el último lugar donde un contemporáneo nuestro esperaría encontrar conocimiento científico. Pero, como muestra Conner, Bacon pronto se dio cuenta de que los artesanos tenían mucho que mostrar al erudito, y se dedicó a promulgar que era en los talleres donde se hallaba el conocimiento verdadero.

En realidad, no descubría nada nuevo, sino que se convertía en promotor de una idea que por entonces era bastante común. Antes de que él, en 1450, el filósofo alemán Nicolás de Cusa escribía que la sabiduría debía ser buscada donde ocurría el pesaje y la medición ordinarios, es decir, precisamente en los lugares donde se hallaba la gente ordinaria. En 1531 Juan Luis Vives anima a sus colegas letrados a entrar en los talleres y fábricas para interrogar a los artesanos. Todavía antes, en el siglo XII Domingo de Gundisalvo y Hugo de San Víctor habían promovido el estudio de temas técnicos como la geometría práctica, que incluía el trabajo de albañiles, agrimensores, herreros y carpinteros; y poco después, en el siglo XIII, Albertus Magnus, Vincent de Beauvais y Raimond Lulle se interesaron en las actividades de campesinos, mineros y artesanos. (1)

Pero tal vez la figura que con mayor énfasis promovió el conocimiento obtenido fuera de los ámbitos académicos fue el alquimista Paracelso. Y no sólo eso, denunció a la élite médica como “Vana y voraz, fallida en cabeza y en corazón. Ellos explotan al pobre simulando tener conocimiento que no tienen. La gente común está espiritual e intelectualmente por encima de sus superiores sociales”. Paracelso, que vivió según predicaba, obtuvo muchos de sus conocimientos en las minas, preocupándose por los padecimientos de los mineros, hasta el punto de que escribió lo que ha sido considerado como el primer tratado de medicina ocupacional. Para él, había mucho que aprender de los curanderos populares. De ellos obtuvo y defendió con vehemencia el principio homeopático.

Paracelso atacó con fuerza el esquema de organización de la profesión médica que colocaba a los médicos por encima de los cirujanos y farmacéuticos, más cercanos de los curanderos y marginados, en la escala jerárquica: el médico debía ser general. Siete siglos duró la separación entre cirugía y medicina. Los cirujanos debían organizarse en gremios junto a los barberos (muchos de los cuales ejercían como cirujanos), al igual que los boticarios debieron hacerlo junto a los bodegueros hasta el siglo XVII.

Todavía por debajo de los bodegueros-boticarios se encontraban los técnicos como oculistas, sacamuelas, cortadores de piedras vesiculares y curanderos que debían solicitar un permiso para practicar la medicina. Lo curioso es que estos eran incluso considerados tan efectivos como los médicos de élite. El filósofo Thomas Hobbes escribió acerca de su preferencia a ser tratado antes por una anciana que por un médico de profesión. Y lo mismo comentó John Berkenhout al criticar el gusto de los médicos de profesión por el empleo sistemático de herramientas afiladas y drogas que poco resolvían. El reconocimiento que tenían los curanderos era tal que Enrique VIII debió dar protección a aquellas personas honestas “a las cuales Dios había dotado de conocimiento de la naturaleza, de ciertas raíces, hierbas y aguas”, para que ejercieran.

La historia de Conner finaliza en los siglos XX y XXI. Denuncia las alianzas de empresas farmacéuticas con autores de renombre para que escriban alabando determinados medicamentos; a las doctrinas biomédicas y antropológicas que apoyaron prácticas eugenésicas; a las teorías sociobiológicas y de la psicología evolutiva que sostienen que el comportamiento social del ser humano es producto de características heredadas; los efectos perniciosos de la unión del capital y la ciencia; la oposición estalinista entre “ciencia proletaria” y “ciencia burguesa”, resultado de un interés más ideológico que epistemológico, etc.

El último epígrafe, titulado “La ciencia, el pueblo y el futuro”, termina con una cuestión de vital importancia para todos: la de cómo resolver el problema de una ciencia determinada por las fuerzas económicas del mercado para colocarla bajo el control democrático; que, en última instancia es el de cómo poner a disposición de todos el empleo beneficioso y mutuo del conocimiento científico.

Nota:

(1) En esta edición aparecen algunos errores que debo suponer se deben al proceso editorial. Así, aparece que la asociación entre tecnología y conocimiento destacada por Crombie sucedió mucho antes del Renacimiento, sin embargo se fecha entre lo siglos XVII y XVIII. Además, se ubican los escritos de Hugo de san Víctor y de Domingo de Gundisalvo en el siglo XVII, y los de Albertus Magnus, Vincent de Beauvais y Raimond Lulle en el XVIII (Cf p-194). Otro de los errores consiste en traducir Behavioral Science Consultation Team como Equipo de Consulta de la Ciencia del Completamiento, en lugar de Comportamiento. (Cf p-307). Finalmente, Conner, que resume su punto de vista con el eslogan “La gente primero”, reconoce de inmediato no saber cómo la ciencia puede ponerse al servicio de 6 ó 7 millones de personas del mundo, cuando debió decir 6 ó 7 mil millones. (Cf. p-337)

 

RADIO CUBANA

Bueno para radialistas

Escrito por Alfonso Cadalzo Ruiz   

Miércoles, 07 de Julio de 2010 08:39

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Hace poco escribí y publiqué aquí en el Portal de la Radio Cubana un trabajo titulado “Aprendices de Todo” . En el mismo me referí a lo prioritaria que resulta la superación autodidacta para todos los que hacemos radio, desde el personal técnico-artístico, lo mismo que asesores, periodistas, locutores y directores de programas porque, a fin de cuentas, los programas son un producto colectivo, – fruto de individualidades – sumatoria de talentos y voluntades que mancomunadamente ofrecen un producto común y armónico.

Con el propósito de ser consecuente con lo planteado aquella vez, me doy a la tarea de – cada vez que haya ocasión – sugerir buenas lecturas que coadyuven al ideal de superación. Eso justifica y legitima la aparición de este trabajo “Bueno para Radialistas”. Ahora les comento de un libro que, sin hablar de radio, es una fuente importantísima para todos nosotros. Hace poco más de un mes pasé por la librería y, apenas hojearlo y ojearlo – me percaté de lo útil que me sería; por eso quisiera invitarles a que también lo lean.

La Editorial Científico Técnica del Instituto Cubano del Libro publicó en el 2009 el libro Historia Popular de la Ciencia, del estadounidense Clifford D. Conner, historiador y catedrático nacido en Nashville, Teneessee, que reside actualmente en Nueva York. Lo primero que me sugirió el título del libro, es que se trata de una historia cronológica de los descubrimientos científicos, contada de modo accesible para individuos de cualquier nivel de escolaridad. Ese fue mi único gran error. Tan pronto comencé a leer el Prólogo que el mismo autor hizo para la edición cubana de su obra, entendí que el contenido nada tenía que ver con mi suposición aunque, a decir verdad, está escrito para que se logre una fácil comprensión.

En el referido Prólogo el autor toma un fragmento de palabras de Fidel cuando dijo: “…hay cientos de miles de científicos. Hasta el individuo que fabrica las pequeñas piezas y busca soluciones es un científico y un tipo de investigador ”. (1) Fidel se anticipó 13 años a la esencia del libro del doctor Clifford, y es que “Historia Popular de la Ciencia” propuso y consiguió echar por tierra los rígidos criterios elitistas acerca del desarrollo científico alcanzado por la Humanidad a través de los siglos.

El autor expone con abundantes ejemplos como fuerzas y manos humanas de la cotidianidad han dado pautas a numerosos descubrimientos e innovaciones, luego atribuidas únicamente a personajes hoy considerados íconos de la ciencia. Clifford reivindica con creces a las fuerzas productivas sencillas, las mismas que llegaron con su duro quehacer al encuentro con fenómenos más tarde reestudiados e investidos de argumentación teórica. ¡Y eso es importante! Los radialistas, periodistas y comunicadores trabajamos con las verdades y,   para ser más exactos y objetivos, debemos partir de los presupuestos más sólidos. Es como rectificar la brújula de las conceptualizaciones; es también ver y enunciar un mismo fenómeno arrojando una nueva luz más esclarecedora.

En “Historia Popular de la Ciencia” se reivindican las fuerzas de la intuición como las más antiguas parteras del conocimiento. Resuelve el viejo dilema que ponía a la ciencia por encima de la tecnología, como si fuese una categoría superior cuando, en la realidad, ambas se complementan. En el encuentro diario con la realidad, la praxis va al encuentro de lo cierto que, después, se encierra en postulados, teorías y leyes: Primero la obra; luego cómo explicarla. “ El trabajo manual primeramente descubrió aspectos de la naturaleza sobre los que más adelante se elaboraron las filosofías, y durante siglos ha continuado siendo la fuente primaria del conocimiento de la naturaleza”. (2) 

Esta es una obra de indiscutible dimensión revolucionaria, ya que plantea una nueva perspectiva del conocimiento, muy alejada de lo acostumbrado. Saca al devenir científico de sus viejas cúpulas y lo ubica en un espacio pragmático-natural. Al tiempo de ser una lectura agradable que absorbe, constituye el replanteamiento argumentado y profundo de antiguos conflictos, lo que hace con una óptica renovadora. “Otro rasgo ideológico del desprecio de los intelectuales por el trabajo manual es la difundida idea de que la ciencia es inconfundiblemente diferente y sustituye a la tecnología en importancia histórica”. (3)

Los radialistas que cada día acometemos la labor de explicarnos – y explicar – el mundo y todo lo que nos rodea, podemos encontrar en este libro muchas respuestas. A la par de su pródiga riqueza narrativa, “Historia Popular de la Ciencia” planta firme en nuevos conceptos de interpretación y método ciertamente válidos, que incitan al ejercicio del pensamiento. Es una propuesta de la cual se tiene derecho a discrepar, pero no a dejar de conocerla. Los radialistas, profesionales apasionados y comprometidos, estamos llamados también a ese conocimiento.

Notas:

(1) Castro Ruz, Fidel. Discurso por el Día de la Ciencia. 15 de enero de 1992.

(2) Clifford D. Conner – Historia Popular de la Ciencia, Editorial Científico-Técnica, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1999, pág. 10

(3) Ídem. Pág. 10

 

LA NACION, Argentina

 

¿Cómo es la ciencia hoy?

Dos reflexiones acerca del estado actual de la ciencia.

 

POR NORA BAR

 

Hace un par de meses, un recorrido a vista de pájaro por una de las librerías del MIT me deparó un hallazgo inesperado y provocativo: la obra de casi seiscientas páginas escrita por el historiador norteamericano Clifford D. Conner, "A people´s history of science. Miners, midwives and low mechanicks" (Algo así como "Una historia popular de la ciencia. Mineros, comadronas y mecánicos", Nation Books, 2005), que postula una hipótesis heterodoxa sobre la ciencia: la concibe como producto de una empresa colectiva más que de la inspiración de un minúsculo grupo de genios iluminados.

Conner intenta desplazar el centro de gravedad de la evolución del saber científico otorgando el protagonismo a cazadores y recolectores, marinos, agricultores, curanderos, herreros y artesanos de toda clase que desarrollaron un conocimiento empírico de la naturaleza para sobrevivir.

"La habilidad de Isaac Newton de ver «más lejos» no debería ser atribuida, como él sostenía, a estar sentado «en hombros de gigantes», sino a estar parado en las espaldas de miles de artesanos iletrados (entre otros)", escribe.

Conner destaca las contribuciones de los pueblos antiguos, que domesticaron especies animales y vegetales, e iniciaron la ingeniería genética de hecho; de los aborígenes precolombinos, que descubrieron las propiedades terapéuticas de las plantas; y de navegantes indígenas y marineros anónimos que trazaron los primeros mapas y cartas de mareas y corrientes oceánicas. Incluso la matemática, afirma, es más el resultado de las tareas de comerciantes, hombres de mar, carpinteros, y terratenientes que de los estudios académicos.

Ya sobre el siglo XX, la complejidad del trabajo científico hizo prácticamente imposible la participación del individuo no entrenado. Tal vez por eso resulta tan sorprendente y gratificante el fenómeno de la enciclopedia libre de Internet Wikipedia (www.wikipedia.org ), una empresa fundada en 2001 y mantenida con donaciones públicas que ya alcanza los casi cuatro millones de artículos en 200 lenguas surgidos de contribuciones espontáneas. Según una investigación realizada por la revista científica británica Nature, el contenido de este sitio es casi tan preciso como la Enciclopedia Británica.

A partir de su estudio, Nature desafía a sus lectores a participar en este gran experimento para ver si se puede mejorar: propone seleccionar un tópico relacionado con el área en que se trabaja, ver si contiene errores u omisiones, y tratar de arreglarlos. La recompensa sería, nada más y nada menos, que convertirse en protagonista de una monumental fuente de referencia, precisa y actualizada, a la que puede accederse libremente desde Buenos Aires hasta Mongolia. Y volver a hacer de la ciencia una empresa colectiva?